Hache de silencio

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Has perdido mil batallas
pero nunca te sentiste derrotado
aunque tu día tras día se hubiera convertido en una cárcel
     libre, eso sí.

has derramado tu vida
sobre una mesa de madera
que se empapa hasta la última gota,
porque no has sabido hacerlo de otra manera
y tampoco lo has necesitado
porque necesidades se las traga el aire
y tú te has tragado todo el aire del mundo

y hablando de mundo
tu mundo ya no existe
     pero no para mí
porque tu mundo es infinito

porque a mí me importan las personas
     que andan por las cornisas
las personas que aman sin amantes
las personas/héroes que nunca saldrán por televisión
     por muchas batallas que hayan perdido

así que ahora
cada día que llueva
pensaré que has decidido regar el mundo
que seco no se llega muy lejos.

Has perdido mil batallas

pero nunca te sentiste derrotado

aunque tu día tras día se hubiera convertido en una cárcel

     libre, eso sí.

has derramado tu vida

sobre una mesa de madera

que se empapa hasta la última gota,

porque no has sabido hacerlo de otra manera

y tampoco lo has necesitado

porque necesidades se las traga el aire

y tú te has tragado todo el aire del mundo

y hablando de mundo

tu mundo ya no existe

     pero no para mí

porque tu mundo es infinito

porque a mí me importan las personas

     que andan por las cornisas

las personas que aman sin amantes

las personas/héroes que nunca saldrán por televisión

     por muchas batallas que hayan perdido

así que ahora

cada día que llueva

pensaré que has decidido regar el mundo

que seco no se llega muy lejos.

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Tú eres fuerte cuando yo soy débil 
y eres débil cuando me enfurezco… 
De tus regresos guardo una impresión confusa 
de pánico, de pena y descontento, 
y la desesperanza 
y la impaciencia y el resentimiento 
de volver a sufrir, otra vez más, 
la humillación imperdonable 
de la excesiva intimidad. 

A duras penas te llevaré a la cama, 
como quien va al infierno 
para dormir contigo. 
Muriendo a cada paso de impotencia, 
tropezando con muebles 
a tientas, cruzaremos el piso 
torpemente abrazados, vacilando 
de alcohol y de sollozos reprimidos. 

Tú eres fuerte cuando yo soy débil 

y eres débil cuando me enfurezco… 

De tus regresos guardo una impresión confusa 

de pánico, de pena y descontento, 

y la desesperanza 

y la impaciencia y el resentimiento 

de volver a sufrir, otra vez más, 

la humillación imperdonable 

de la excesiva intimidad. 

A duras penas te llevaré a la cama, 

como quien va al infierno 

para dormir contigo. 

Muriendo a cada paso de impotencia, 

tropezando con muebles 

a tientas, cruzaremos el piso 

torpemente abrazados, vacilando 

de alcohol y de sollozos reprimidos. 

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No puedo dormir. La marihuana no me hace efecto. Mañana volveré a llegar tarde, ya no me angustia, ya no.
Me hago una paja cuestionándolo todo. Analizándome. 
El trabajo me produce un gran vacío, me asusta su dominio, el mecanismo roto. 
Me caliento ficcionando imágenes inducidas. Mi mente me guía atropellada hacia una fantasía recurrente impuesta por misóginos discursos religiosos, telediarios de sobremesa y porno-basura en general. 
Hace unos días volví a discutir con mi madre. Las relaciones humanas son tremendamente complejas. El pensamiento es traidor y rastrero. No tengo que demostrarle nada a nadie, ni si quiera a mí.
No sé porque me he castigado tanto. Cobarde. 
Febril y animal gimes desgarrando con tus miembros líquidos la almohada muda. Recuerdo el día en que empecé a perder. Me corro con violencia y lloro.
Desfallezco cuando me hace efecto el trankimazin.
El móvil vibra atroz sobre la repisa. Mi cuerpo se yergue solo, levita por la cama y detiene certero la vil sirena. Diez minutos más y me incorporo de un salto a la vida.
Me pongo sin remordimiento alguno la misma ropa de ayer, si me paro a pensar que ropa llevar podría ser mi fin. Eso si, elijo con cuidado y precisión los calzoncillos.
Es hora de irse. Comienza el infierno.
Las puertas se cierran como guillotinas, acaricio con las pestañas el cristal. El ácido y amargo perfume a testosterona, a sabana usada, caliente, me pone de punta. Me da asco respirar. 
Finalmente llego tarde, sudando y de los nervios. De hoy no pasa que arregle la bici, el metro es insoportable.
Es asquerosamente retorcido pensar que es esto lo que me hace levantarme cada día, morir un poco. 
Todo lo que siempre he querido hacer no es más que un sueño romántico de lo que me gustaría poder ser.
El frío se adhiere a la piel, penetra intruso. 
Las furias me chillan rabiosas verdades que no quiero oír y el estado me subvenciona la más potente droga contra el dolor, veinte miligramos diarios de sonrisa hueca, de olvido roto. Sonrío para no desbordar mi pupila que cae. Sonrío el dolor latente que me paraliza.
Hace días que no oigo el sonido de mi voz. Ya no creo en nada. 
Poeta difunta

No puedo dormir. La marihuana no me hace efecto. Mañana volveré a llegar tarde, ya no me angustia, ya no.

Me hago una paja cuestionándolo todo. Analizándome. 

El trabajo me produce un gran vacío, me asusta su dominio, el mecanismo roto. 

Me caliento ficcionando imágenes inducidas. Mi mente me guía atropellada hacia una fantasía recurrente impuesta por misóginos discursos religiosos, telediarios de sobremesa y porno-basura en general. 

Hace unos días volví a discutir con mi madre. Las relaciones humanas son tremendamente complejas. El pensamiento es traidor y rastrero. No tengo que demostrarle nada a nadie, ni si quiera a mí.

No sé porque me he castigado tanto. Cobarde. 

Febril y animal gimes desgarrando con tus miembros líquidos la almohada muda. Recuerdo el día en que empecé a perder. Me corro con violencia y lloro.

Desfallezco cuando me hace efecto el trankimazin.

El móvil vibra atroz sobre la repisa. Mi cuerpo se yergue solo, levita por la cama y detiene certero la vil sirena. Diez minutos más y me incorporo de un salto a la vida.

Me pongo sin remordimiento alguno la misma ropa de ayer, si me paro a pensar que ropa llevar podría ser mi fin. Eso si, elijo con cuidado y precisión los calzoncillos.

Es hora de irse. Comienza el infierno.

Las puertas se cierran como guillotinas, acaricio con las pestañas el cristal. El ácido y amargo perfume a testosterona, a sabana usada, caliente, me pone de punta. Me da asco respirar. 

Finalmente llego tarde, sudando y de los nervios. De hoy no pasa que arregle la bici, el metro es insoportable.

Es asquerosamente retorcido pensar que es esto lo que me hace levantarme cada día, morir un poco. 

Todo lo que siempre he querido hacer no es más que un sueño romántico de lo que me gustaría poder ser.

El frío se adhiere a la piel, penetra intruso. 

Las furias me chillan rabiosas verdades que no quiero oír y el estado me subvenciona la más potente droga contra el dolor, veinte miligramos diarios de sonrisa hueca, de olvido roto. Sonrío para no desbordar mi pupila que cae. Sonrío el dolor latente que me paraliza.

Hace días que no oigo el sonido de mi voz. Ya no creo en nada. 

Poeta difunta

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Trata de imaginar una vida sin contar el tiempo… Probablemente no puedes… Conoces los meses, los años, los días de la semana, las horas, los minutos, los segundos… Seguro hay un reloj en tu pared, en tu carro, en tu muñeca… Tienes agenda, un calendario en el escritorio o en la pared… Todo a tu alrededor está midiendo constantemente el tiempo. Ahora piensa:
Los pájaros nunca llegan tarde.
Los perros nunca miran su reloj.
Los venados no están pendientes de los cumpleaños que pasan.
Sólo el hombre mide el tiempo. Es por esto que sólo el hombre sufre de ese miedo que ninguna otra criatura enfrenta:  el miedo a quedarse sin tiempo… cuando en realidad lo único que existe es ahora.

The timekeeper -  Mitch Albom

Trata de imaginar una vida sin contar el tiempo… Probablemente no puedes… Conoces los meses, los años, los días de la semana, las horas, los minutos, los segundos… Seguro hay un reloj en tu pared, en tu carro, en tu muñeca… Tienes agenda, un calendario en el escritorio o en la pared… Todo a tu alrededor está midiendo constantemente el tiempo. Ahora piensa:

Los pájaros nunca llegan tarde.

Los perros nunca miran su reloj.

Los venados no están pendientes de los cumpleaños que pasan.

Sólo el hombre mide el tiempo. Es por esto que sólo el hombre sufre de ese miedo que ninguna otra criatura enfrenta:  el miedo a quedarse sin tiempo… cuando en realidad lo único que existe es ahora.

The timekeeper -  Mitch Albom

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¿Por qué cada vez hay más obesos? La respuesta convencional a esta pregunta pone siempre el foco sobre los afectados. Comen mucho. No tienen fuerza de voluntad. No hacen ejercicio. Es genético. ¿Pero explica esta lectura el aumento galopante del sobrepeso? ¿Por qué en un mundo lleno de gimnasios, de dietas y de productos light, que lleva 30 años en permanente pelea contra la grasa, la obesidad mata ya a más gente que el hambre? Si es una cuestión de predisposición individual a engordar, ¿por qué la plaga afecta a muchas más personas que en el pasado?

Fed up, un documental estrenado hace unos meses en EEUU que se acaba de lanzar en vídeo, apunta a la industria alimentaria como responsable directo de la epidemia. La película defiende que las grandes marcas de comida han regado sus productos con un ingrediente que intensifica el sabor y logra que sean más placenteros, a la vez que nos crea múltiples problemas de salud: el azúcar.

Fed up, cuyo título se podría traducir como “Hartos”, explica por qué no es lo mismo consumir este azúcar añadido que el natural que contienen algunos alimentos.  Si tomas fruta o verdura, ingieres fibra, y la subida de azúcar es más suave porque no lo absorbes inmediatamente. Sin embargo, cuando bebes un refresco o un zumo, tu páncreas se ve obligado a segregar insulina y el hígado convierte el azúcar en grasa. Los niveles altos de insulina bloquean además la sensación de saciedad (comes más) y te hace sentirte cansado (te mueves menos). Por eso se dice lo de que “una caloría no es una caloría”, o se etiquetan como “calorías vacías” las de los azúcares añadidos.

Los intereses de la industria están fuertemente ligados a que consumamos más cantidad de sus productos, y el azúcar es un ingrediente clave para dar sabor a los alimentos.

Una industria que domina incluso los mensajes de la Casa Blanca, al señalar cómo Michelle Obama cambió su campaña de nutrición por la de hacer ejercicio (Let’s Move) por no entrar en conflicto con las marcas.
Mientras la Organización Mundial de la Salud afirma que no más del 10% de las calorías que se consumen a diario deben proceder de los azúcares, las autoridades sanitarias estadounidenses elevan ese porcentaje hasta el 25% y se prevé que en 2050 uno de cada tres estadounidenses sea diabético.

Esta será la primera generación de niños con una esperanza de vida menor que la de sus padres.

Fuente 1 Fuente 2

¿Por qué cada vez hay más obesos? La respuesta convencional a esta pregunta pone siempre el foco sobre los afectados. Comen mucho. No tienen fuerza de voluntad. No hacen ejercicio. Es genético. ¿Pero explica esta lectura el aumento galopante del sobrepeso? ¿Por qué en un mundo lleno de gimnasios, de dietas y de productos light, que lleva 30 años en permanente pelea contra la grasa, la obesidad mata ya a más gente que el hambre? Si es una cuestión de predisposición individual a engordar, ¿por qué la plaga afecta a muchas más personas que en el pasado?

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Fed up, un documental estrenado hace unos meses en EEUU que se acaba de lanzar en vídeo, apunta a la industria alimentaria como responsable directo de la epidemia. La película defiende que las grandes marcas de comida han regado sus productos con un ingrediente que intensifica el sabor y logra que sean más placenteros, a la vez que nos crea múltiples problemas de salud: el azúcar.

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Fed up, cuyo título se podría traducir como “Hartos”, explica por qué no es lo mismo consumir este azúcar añadido que el natural que contienen algunos alimentos.  Si tomas fruta o verdura, ingieres fibra, y la subida de azúcar es más suave porque no lo absorbes inmediatamente. Sin embargo, cuando bebes un refresco o un zumo, tu páncreas se ve obligado a segregar insulina y el hígado convierte el azúcar en grasa. Los niveles altos de insulina bloquean además la sensación de saciedad (comes más) y te hace sentirte cansado (te mueves menos). Por eso se dice lo de que “una caloría no es una caloría”, o se etiquetan como “calorías vacías” las de los azúcares añadidos.

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Los intereses de la industria están fuertemente ligados a que consumamos más cantidad de sus productos, y el azúcar es un ingrediente clave para dar sabor a los alimentos.

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Una industria que domina incluso los mensajes de la Casa Blanca, al señalar cómo Michelle Obama cambió su campaña de nutrición por la de hacer ejercicio (Let’s Move) por no entrar en conflicto con las marcas.

Mientras la Organización Mundial de la Salud afirma que no más del 10% de las calorías que se consumen a diario deben proceder de los azúcares, las autoridades sanitarias estadounidenses elevan ese porcentaje hasta el 25% y se prevé que en 2050 uno de cada tres estadounidenses sea diabético.

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Esta será la primera generación de niños con una esperanza de vida menor que la de sus padres.

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Fuente 1 Fuente 2